Traductores contra la máquina 1: Cuando una buena agencia se echa a perder, por Laura Vuillemin

Este artículo es obra de Laura Vuillemin, una traductora francesa especializada en inglés y portugués que defiende los derechos del colectivo de traductores frente a la IA y a la traducción automática. Si quieres saber más sobre su labor, visita lvtranslations.eu.

Este artículo forma parte de «Traductores contra la máquina», una convocatoria abierta a través de la cual invitamos a traductores y profesionales del lenguaje a compartir sus experiencias laborales. Nuestro objetivo es recopilar historias y testimonios con los que componer un mosaico que refleje la realidad multifacética de trabajar en el mundo de la traducción. Si te apetece participar, aquí encontrarás más información sobre la convocatoria (en inglés).


Era lo que se podía llamar «el cliente perfecto». Estuve recibiendo encargos interesantes y variados de forma regular durante años. Estaba en contacto directo con un meticuloso gestor de proyectos que, además de ser traductor, comprendía la importancia de las consultas que le realizaba y alababa la calidad de mi trabajo. Nunca se retrasaban con los pagos. ¿Qué pudo salir mal?

Por desgracia, la empresa de la que hablo en este artículo acabó sucumbiendo, como tantas otras, a los cantos de sirena de la traducción automática (TA o MT, de machine translation, en inglés). Al principio «solo» afectaba a algunos proyectos considerados muy sencillos, pero poco a poco acabó extendiéndose a todos: módulos de capacitación, comunicados de prensa, subtitulado de guiones, manuales de usuario de alta complejidad técnica, artículos de blog, libros blancos, etc. Tal y como me dijo su coordinador de proveedores hace unos meses, la TA hace ahora el 99 % de su trabajo. En sus propias palabras: «solo el 1 % de nuestros proyectos requieren traducción y revisión humana. Todo lo demás es posedición».

Esto supuso la imposición de unas tarifas más bajas a los traductores autónomos, que empezaron a recibir e-mails como el siguiente: «Te informamos de que hemos cambiado nuestra forma de trabajar y a partir de ahora todas las solicitudes de proyectos que recibas serán de posedición. Esta es nuestra tarifa de posedición». En resumidas cuentas, se trataba de un «lo tomas o lo dejas».

Según los gerentes y ejecutivos de la compañía, que en su mayoría jamás habían trabajado como traductores, el nivel de calidad de los textos generados de forma automática por la máquina era lo suficientemente bueno como para justificar una reducción, a menudo de hasta la mitad, en las tarifas de los lingüistas. Sin embargo, los traductores no se sorprendieron por su parte al comprobar que los resultados eran deficientes, y acababan corrigiendo errores que ellos nunca habrían cometido.

Los traductores autónomos que se negaron a aceptar la política mal remunerada de «posedición por defecto» pasaron a una lista negra y no volvieron a tener noticias de la agencia. Yo fui una de ellos. La agencia tomó esa decisión sin tener en cuenta la calidad de mi trabajo, como si todo cuanto había hecho para ellos en el pasado valiera menos que ahorrarse unos céntimos. Simplemente un día dejé de recibir proyectos en mi bandeja de entrada.

Este giro tan drástico en la estrategia de la empresa no fue «solo» desafortunado sino que también fue muy poco ético. ¿Recuerdas el 99 % de los proyectos que he mencionado antes? Pues resulta que entre ellos había proyectos de clientes antiguos, algunos de gran importancia, que llevaban años e incluso décadas colaborando con la empresa. Es bastante probable que no se les consultara sobre la decisión de volcar su contenido en un motor de traducción automática, lo que implica que dichos clientes estaban pagando por un servicio de traducción humana y de calidad, mientras recibían, en cambio, un servicio de posedición encubierto.

Yo me negaba rotundamente a contribuir a este sistema indirectamente, sobre todo cuando apenas ganaba lo suficiente para cubrir mis gastos. En aquel momento rechacé hacer posedición de traducción automática (MTPE por sus siglas en inglés) y hoy día todavía me sigo negando a hacerlo, por otros dos motivos de peso.

El primero es que el uso indiscriminado de esta tecnología provoca un empobrecimiento lingüístico, tanto sintáctico como léxico. La traducción automática se basa en la estadística, sin tener en cuenta la coherencia discursiva. Funciona empleando las combinaciones de palabras más frecuentes e ignora el resto de las variantes, por lo que los textos que genera siempre suenan igual. El lenguaje de las máquinas, tan terriblemente repetitivo, literal, poco inspirador y mediocre, dista mucho del lenguaje idiomático.

El segundo motivo es que los traductores no reciben absolutamente ninguna compensación por ayudar a entrenar y refinar los motores automáticos durante el proceso de posedición. Es más, sus traducciones se reciclan (e incluso se roban) ad infinitum, lo que plantea serias dudas sobre los derechos de autor. A las empresas de dudosa reputación que aspiran a desbancar totalmente a los traductores en favor de las máquinas se les está escapando una cuestión clave: si en algún momento lo logran, será precisamente gracias a todas las correcciones y mejoras que los propios traductores hicieron en primera instancia. ¿Por qué habrían beneficiarse de esa labor, mientras que los lingüistas no se llevan ni las migajas?

No me ha resultado fácil escribir este testimonio. Este cliente cuyas prácticas estoy denunciando solía ser una organización por la que yo sentía gran estima. ¿Cómo ha podido caer tan bajo, hasta el punto de que ya ni la reconozco? Como es obvio, el final de nuestra colaboración repercutió en mis ingresos, pero eso no es lo que me quita el sueño cuando pienso en todas las pérdidas que conlleva todo esto. También me hace cuestionar la lógica del asunto. Si cuentas con traductores fiables en quienes puedes confiar, ¿por qué decides prescindir de ellos, ignorar sus (válidos) argumentos y comprometer la calidad de tu negocio? Y, sobre todo, ¿por qué echarlo todo a perder al convertirte en un proveedor de servicios lingüísticos de bajo coste que ya no destaca entre sus competidores, y del que huyen tanto clientes potenciales como trabajadores autónomos?

Aunque esta situación pueda parecer descorazonadora, no pretendo presentar el sector de la traducción como un panorama desolador. Creo firmemente que vendrán días mejores, siempre y cuando tomemos conciencia y no nos quedemos de brazos cruzados ante las condiciones tan nocivas e inaceptables que nos imponen. Mi intención con este testimonio es defender los derechos de quienes traducimos y denunciar estas prácticas lamentables para que tanto profesionales como las agencias de confianza no se vean relegados a un segundo plano por culpa de empresas que anteponen sus beneficios ante todo sin ningún pudor.

 


 

Producido por Guerrilla Translation bajo una Licencia de Producción de Pares.